Capítulo II: Buscando un hogar

Darnassus es la capital de los Elfos de la Noche. Esta gobernada por Tyrande Susurravientos, Suma Sacerdotisa de Elune, y su esposo Malfurion Tempestira. Allí, es donde se encuentra el Templo de Elune, divinidad de los elfos.

Jandria, una de las instructoras de sacerdotes que se encontraba delante de Elisa cuando murió, decidió llevarse a la pequeña ante la Suma Sacerdotisa, para que le ayudase a tomar decisión sobre qué hacer. Una vez estuvo delante, Tyrande examinó a la niña.

– Dime, Jandria. ¿Entonces su madre ha muerto a las puertas de esta ciudad?

– Sí -contestó ella.

– Bueno, supongo que no podemos dejarla fuera, ni devolverla a la Ciudad de Ventormenta, tal como están sucediendo los acontecimientos. Este es uno de los lugares más seguros del mundo ahora mismo. Pero necesitará maestros que la guíe por el buen camino, que puedan acaparar la responsabilidad de criarla y mantenerla hasta que alcance la mayoría de edad.

Tyrande se quedó pensativa mirando a Jandria.

– Sacerdotisa Jandria. ¿Crees que podrías hacerte cargo de ella? -Preguntó.

– ¿Yo? Bueno, no tengo más ocupación que mi trabajo y mi esposo, Firodren. Y hasta ahora, la gracia de Elune no nos ha iluminado para poder traer al mundo un hijo. Por tanto, siempre y cuando mi esposo esté de acuerdo, sí. Por mi parte me haría muchísima ilusión poder hacerme cargo de la niña humana.

– Jandria, ve a preguntar a tu esposo, no creo que se encuentre muy lejos de aquí. Deja a la niña aquí, y venid los dos ante mi para debatir el tema. Corre!

Jandria salió corriendo en busca de su esposo. Tal como le había dicho Tyrande, no estaba demasiado lejos. Se encontraba en los aledaños de Darnassus recolectando y estudiando plantas.

– Firodren! Esposo mío -dijo Jandria cuando lo vio, con una gran sonrisa en su boca.

Firodren se sorprendió de verla, ya que daba por hecho que se encontraba en la villa de Rut’theran ayudando a los enfermos y heridos que habían llegado. Puso cara de preocupación, pero en seguida cambió su semblante, al ver a su esposa cómo sonreía.

– Jandria, mi amor. ¿Qué es lo que pasa? ¿Qué sucede? ¿Qué haces aquí?

– Me manda la Suma Sacerdotisa Tyrande a buscarte, tenemos algo que debatir con ella. Creo que nuestras oraciones a Elune han sido escuchadas, y nos ha otorgado el deseo que tantas veces hemos pedido, aunque no fuera de la manera esperada por ambos.

Firodren no entendía nada, pero antes de hacer más preguntas, no dudó en seguir a su esposa ante la Suma Sacerdotisa Tyrande, para ver de qué se trataba el tema en cuestión. Se encontraba nervioso, ya que nunca se había dirigido directamente ante ella, aunque sabía lo gran persona que era, ya que su esposa trabajaba directamente con ella.

Llegaron al Templo de Darnassus, y Firodren volvió a poner cara de asombro al ver a Tyrande con un bebé en sus brazos.

– Saludos, herbolista Firodren -dijo Tyrande-, os he mandado llamar porque tenemos una cuestión entre manos Jandria y yo. Pero necesitamos de tu acuerdo y consentimiento, ya que este encargo, no es nada fácil. No obstante, me cuenta Jandria que lleváis tiempo rezando por algo que aún no os ha sido otorgado, ¿no es así?

– Sí -respondió tímidamente Firodren.

– Bien -dijo sonriendo Tyrande-. Hay fuerzas en la naturaleza, que nos impide muchas veces tener algo deseado y religiosamente solicitado, sobre todo por la vía común. Ayer llegaron los últimos barcos de la Ciudad de Ventormenta, con heridos y gente que ha querido abandonar sus hogares, por la guerra contra la Horda que se está debatiendo desde hace tiempo. Dentro, había una madre con una niña recién nacida, que hizo todo lo que estaba en su mano para poder llevar a su preciosa hija a un sitio seguro, como es ahora mismo nuestra ciudad. Desgraciadamente, debido a las heridas del parto, y a la poca alimentación que ha tenido durante su viaje, no ha sobrevivido, y falleció en la villa de Rut’theran. Tu esposa, me ha traído ante mi presencia a la niña esta misma mañana, y pienso que es el Don que tanto habéis solicitado, solo que de otra raza, y no engendrada por tu mujer. Dime, Firodren, ¿estarías dispuesto a cuidar de esta niña, como si fuese de vuestra propia sangre?

– Sí, por supuesto -dijo sin dudar, y entendiendo al fin por qué fue a buscarle su mujer con tanta felicidad.

– Bien, como veo que por parte de ambos no hay ninguna duda, os concedo el privilegio de ser los padres de esta humana. Como no tiene nombre, he decidido cómo la vais a llamar: Namárië. Nombre que en la lengua humana, significa «adiós». Y el motivo por el que la otorgo este nombre -dijo, dándose la vuelta y mostrando la niña ante a enorme estatua de Elune-, es porque desde su nacimiento, muchas vidas van a tener un antes y un después, cerrando muchas puertas a ese antes. Sé que os puede parecer un nombre triste, pero quiero que lo enfoquéis como un reto en la vida. Veo en sus ojos el arte de las sombras, y la búsqueda de la verdad, la libertad y la justicia. Me gustaría que os quedaseis con estas palabras, ya que llegará el día en que ella va a querer buscar sus raíces, y por mucho que os duela, debéis dejarla marchar. Y no dudar del amor que os tendrá, pese a su marcha, todo será por el bien de la Alianza, por el bien de la humanidad.

Ante estas palabras, no hicieron más que acatar el nombre que Tyrande había puesto a la niña, Namárië, en lengua élfica, y de manera más familiar, Namarié. Pero, aunque estaban felices, no dejaron pasar ésto último: el arte de las sombras, búsqueda de raíces, lucha contra el mal.

Aún así, agradecidos por la decisión de Tyrande, salieron del Templo con la niña, y decidieron irse a casa a descansar. El día había sido largo, lleno de emociones, y ahora no tenían otro pensamiento más que el bienestar del nuevo miembro de la familia: Namarié.

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