Capítulo VI: Universo y Azeroth.

Pese a que Namarié acababa de ser bendecida para partir de Teldrassil, una fuerte tormenta invadió los cielos a la mañana siguiente obligándola a posponer su salida. LLovió durante días, de una forma tan exagerada que incluso los elfos, a pesar de ser una raza que durante milenios convivió en armonía con todos los estados de la naturaleza, solo abandonaban sus moradas para lo imprescindible.

Sus padres adoptivos insistieron feacientemente en acompañar a Namarié en su primera salida, por lo que ella dió su palabra y así sería. No sabía con certeza a dónde la llevarían, pero el lugar que más anhelaba conocer era aquel en el que su madre descansaba en paz. Seguía lloviendo, tendría que esperar un poco más…

Con el fin de vencer su impaciencia pensó en un entretenimiento al alcance, y así decidió visitar Dolanaar. A Namarié siempre le había intrigado el origen del universo, el porqué y el cómo de la existencia de las razas mortales, y se decía que en aquel pequeño pueblo se guardaban antiguos libros de historia donde quizás podría encontrar información relevante.

Su primer hallazgo no tardó en desvelarse mientras hojeaba las primeras páginas: «Capítulo I: La formación del Universo». Hablaba de una explosión cósmica catastrófica que envió a los infinitos mundos a la inmensidad de la Gran Oscuridad, todo como obra de una única entidad todopoderosa creadora del Universo.

-¡¿Quién va a creerse esto?! pensó.

Pero antes de que la incredulidad de la jóven bruja terminase por cerrar el libro, un término que le resultaba familiar dilató sus pupilas: «Titanes». […] dioses de piel metálica que se alzaron para salvaguardar la estabilidad del mundo. Exploraron el recién nacido Universo y trabajaron con lo que encontraron dándole forma. Dieron poder a las razas primitivas para que pudieran cuidar sus obras y mantener la integridad de sus tierras. Estaban gobernados por una secta de élite conocida como «El Panteón». […]

Y así continuó leyendo.

«El Panteón» debía proteger al mundo de la amenaza de entidades extradimensionales provenientes de un plano etéreo de magias caóticas concocido como «El Vacío Abisal», hogar de seres demoníacos cuya finalidad existencial consistía en provocar el caos y devorar las energías del universo vivo. Pero con el paso del tiempo los demonios se fueron abriendo camino, y «El Panteón» recurrió al mejor de sus guerreros: Sargeras, un noble gigante de bronce fundido, encargado de defender el mundo.

Los eredar, raza de hechiceros diabólicos, utilizaban sus poderes de brujo para sembrar el caos y la destrucción.  Aunque los poderes ilimitados de Sargeras eran suficientes para derrotar a los eredar, le preocupaba la corrupción y el mal que invadía a estos seres, y al no comprenderlo, se sumió en una gran depresión. Sargeras acabó atrapándolos en una esquina del Vacío Abisal, y así liberó al universo de los brujos.

Sumido en estado de depresión, Sargeras tuvo que enfrentarse también a los Nathrezim, raza oscura de demonios vampíricos, conocida también como Señores del Terror. Manipularon naciones enfrentándolas entre ellas, cayendo en el odio y la desconfianza. Les derrotó con facilidad, pero su corrupción le afectó mucho.

Poco a poco fue perdiendo la fe de su misión y la visión de los titanes de un universo ordenado, llegando a pensar que el concepto de orden era absurdo, y que el caos era lo realmente absoluto en el universo, oscuro y solitario. Sus compañeros titanes intentaron sacarle de esta idea, pero rechazó su ayuda alegando que sus creencias optimistas eran falsas ilusiones. Sargeras finalmente se marchó, y «El Panteón» nunca llegó a imaginar cual sería su destino.

Finalmente, decidió crear un ejército que hiciera arder el universo. Su forma titánica se distorsionó por la corrupción que inundó su noble corazón. Sus ojos, pelo y barba estallaron, y su piel metálica de bronce se partió para mostrar un horno infinito de ardiente odio.

Destrozó las prisiones de los eredar y los Nathrezim, dejando libres a los demonios, los cuales se ofrecieron para servirle. Sargeras escogió a dos campeones para dirigir su ejército: Kil’jaeden el Impostor, que se encargó de reclutar las razas más oscuras, y Archimonde el Rapiñador, para liderar la batalla contra aquellos que se opusiesen a la voluntad de Sargeras.

Una vez que vio que sus ejércitos estaban reunidos y listos, lanzó a sus fuerzas a la inmensidad de la Gran Oscuridad, llamando a su creciente ejército la Legión Ardiente, también conocida como «quema de la gran sombra», Legión de los planos inferiores, o simplemente La Legión. Se compone de demonios e infernales, y de todas aquellas razas que quieran destruir el orden del universo.

Los titanes, mientras tanto, fueron construyendo su universo ordenado. Durante su viaje, se encontraron con un mundo que sus habitantes llamarían Azeroth.

«El Panteón», preocupado por la inclinación hacia el mal de los dioses antiguos, luchó contra los elementales y sus amos. Los ejércitos de los dioses antiguos estaban liderados por los tenientes más poderosos de los elementales: Ragnaros el Señor de Fuego, Therazane la Madre Pétrea, Al’Akir el Señor del Viento y Neptulon el Cazamareas. Pero aunque los elementales eran poderosos, sus fuerzas no consiguieron vencer a los titanes.

Asimismo, acabaron con las ciudadelas de los antiguos dioses encadenando a los cinco malvados dioses bajo la superficie del mundo.

Otorgaron fuerzas a varias razas para ayudarlas a formar el mundo. Crearon a los terráneos, parecidos a los enanos, a partir de piedra viviente mágica. Para asistirlos a drenar los mares y elevar la tierra del fondo marino, crearon a los inmensos pero amables gigantes marinos. En el centro crearon un lago de centelleantes energías, lago al que llamaron Pozo de la Eternidad, destinado a ser la fuente de la vida en el mundo. Con el tiempo, plantas, árboles y criaturas de todo tipo comenzaron a prosperar. Cuando cayó el ocaso del último día de su labor, los titanes llamaron al continente Kalimdor, «tierra de eterna luz de las estrellas».

Después de haber creado el pequeño Universo, y satisfechos de lo que habían hecho, los Titanes decidieron abandonar Azeroth. Antes de irse, encomendaron a las grandes especies del planeta, la tarea de vigilar Kalimdor.

Por aquel entonces, existían muchas clases de dragones, pero había cinco grupos que dominaban a sus hermanos. Estos fueron elegidos por los Titanes para guiar el mundo, dragones majestuosos conocidos como Dragones Aspectos.

Aman´Thul, Alto Padre de «El Panteón», dió parte de su poder cósmico sobre Nozdormu, para que vigilara el transcurrir del tiempo y supervisara los caminos de la fortuna y el destino. Fue conocido con el nombre de El Atemporal.

Eonar, guardiana de la vida, otorgó parte de su poder a Alextrasza, conocida tiempo después como la Protectora, ya que su misión era defender a todas las criaturas vivientes del planeta. Gracias a su suprema sabiduría y a su ilimitada compasión por los seres vivos, fue nombrada deina de los dragones por los de su especie.

Eonar también bendijo a la hermana menor de Alextrasza, la dragona verde Ysera, con un poco de su influencia sobre la naturaleza. Ysera cayó en un trance eterno, atada al Sueño de la Creación, y fue conocida como la Soñadora, vigilando las áreas salvajes desde su verdeante reino, el Sueño Esmeralda.

Norgannon, titán guardián del conocimiento y mago maestro, cedió al dragón azul Malygos parte de su poder, y desde entonces fue conocido como el Tejechizos, guardian de la magia y el arcano oculto.

Khaz´goroth , creador de titanes y forjador del mundo, confirió parte de su poder a Neltharion. Conocido posteriormente como el Guardián de la Tierra, se le dio el dominio de la tierra y los rincones más recónditos del orbe. Actuaba como protector de Alextrasza.

Cuando los dragones ya estaban preparados para vigilar la creación de los Titanes, éstos abandonaron Azeroth para siempre.

Namarié cerró el libro y suspiró.

Había dejado de llover y pensó que era un buen momento para volver a casa. Miró al cielo, y se dio cuenta que las nubes se estaban disipando poco a poco, y se empezaba a ver las estrellas, que siempre iluminaban el cielo de Darnassus.

Mientras miraba, se paró, y se dio cuenta que algo empezaba a llamarle la atención: las sombras que marcaban Azeroth. Siempre se hablaba de demonios, de brujos y de maldad. Y le vino una pregunta a la mente: ¿puede ser que todo el arte de los brujos se pueda utilizar para sembrar el bien?

Los brujos, en Teldrassil, no eran demasiado bien vistos. No había maestros de esa clase por allí. Se creía que traían consigo el la destrucción, la maldad, los demonios y las sombras.

Empezó a mostrar interés por ello. Aunque, estando donde estaba, ¿cómo podría saber más?

Solo el destino podría llevarle a una respuesta.

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