Capítulo VII: Madre.

Y por fin, en una mañana de plena primavera, llegó el ansiado momento en que pudo salir de Teldrassil. Después de varios días lloviendo, el aire que se respiraba era limpio, fresco.

Namarié estaba preparada. Llevaba una mochila con bebida y alimento, pero era lo suficientemente amplia como para meter dentro cualquier cosa que pudiera gustarle como recuerdo. Revisó bien todo antes de salir. Guardó cuidadosamente un papel doblado, algo que había escrito durante los días anteriores, en un bolsillo de su falda. No quiso desvelar el contenido de dicha nota, ya que lo reservaba para el momento apropiado, aunque sus padres imaginaban cual era el contenido.

Salieron de la casa y cruzaron el centro de Darnassus. El ambiente era excepcional, los comercios empezaban a abrirse, la subasta con las primeras colas de elfos y no elfos esperando para entrar. Se fueron acercando al banco, el cual, por su forma, recordaba mucho al árbol mágico de El Claro del Oráculo.

Y finalmente llegaron al portal. La luz rosa brillante era realmente hermosa, llena de magia. Era el momento de explicar cómo atravesar el portal, por lo que Jandria tomó la palabra:

– Como puedes ver es un portal mágico que nos va a transportar al pie Teldrassil. Al ser bendecida para salir al exterior, te dieron el don de atravesar ciertos portales, y el primero es este. Pero a la vez necesitarás este amuleto -dijo mientras le colgaba del cuello un medallón con la figura de Elune por un lado, y por el otro las de Tyrande y Malfurion- y al contrario de lo que dicen las leyendas de los jóvenes de la ciudad: no, no es necesario cerrar los ojos.

Y así, sonriendo, Jandria cruzó el portal.

Firodren, con gesto educado, cedió el paso a Namarié, que gustosamente accedió y se colocó en el centro. Se sintió cómoda y relajada, con una gran paz interior. Y de repente, la luz se hizo más intensa, más brillante, lo suficiente como para no llegar a cerrar los ojos, a la vez que para no ver lo que sucedía a su alrededor. Y así, como una gran niebla que se desvanece, poco a poco fue viendo un nuevo paisaje a su alrededor, una gran casa y varios elfos alrededor del portal. Pero sus ojos pronto se fueron hacia el inmenso mar, el océano que tantas veces había visto desde las alturas, y cerca, en el muelle, un gigantesco barco que acaba de llegar. Casi sin darse cuenta, había salido del portal caminando unos pequeños pasos, hasta que una voz le sacó de su visión, y es que su padre ya había terminado de atravesar también el portal que, junto a su madre, le estaban esperando.

– Ven Namarié, acompañanos. Es el momento de mostrarte una de las cosas que más deseas.

Fueron a ver al maestro de hipogrifos Vesprystus, y pagando una moneda por cada uno, montaron en uno por separadp. Era la primera vez que Namarié iba a volar, y según se montó en él tuvo la extraña sensación de que no iba a poder mantenerse ahí subida.

– Tranquila, agárrate fuerte a las riendas, yo me encargo de sujetarte bien para que no te caigas, y deja que el hipogrifo te lleve, sabe perfectamente dónde dejarte -dijo sonriendo Vesprystus al ver la cara de miedo que tenía Namarié.

Una vez sujeta, el maestro le dijo algo al oído al hipogrifo, y sin dudarlo echó el vuelo y empezaron a subir despacio. Ella estaba muerta de miedo pero viendo que no hacía nada raro, poco a poco fue sintiéndose más segura. A pocos metros de allí, según iban rodeando el Gran Árbol de Teldrassil, en una de las grandes raíces, había un pequeño cementerio dedicado a los humanos, con sus símbolos de la Cuidad de Ventormenta. Las tumbas no eran tan distintas unas de otras, quizás la mayor diferencia entre ellas era la antigüedad que podían tener, unas más oscuras, otras con tonos verdosos por la humedad del mar, y otros con más intensidad por el paso del tiempo. Era más que probable, que dichas tumbas, fueran todas o casi todas de la misma época.

Se pararon de golpe, y sin mediar palabra, Namarié pudo ver la tumba de su verdadera madre, de una piedra un poco más oscura, pero al fin y al cabo bien cuidada, con unas velas encendidas en lo que parecía ser una llama eterna, dónde se podía leer las siguientes palabras: «Ishn eraburis Adore thoribas balah dur die no rini fal ethala o no thoriba shar», lo que quería decir traducido del Darnassiano a la lengua común: «Aquí descansa Elisa, valiente madre que dio su vida por salvar a su pequeña hija».

Muchas veces había escuchado la historia de la muerte de su madre, y cómo llegaron a Teldrassil, así como los acontecimientos que hicieron que tomaran ese barco para escapar de la capital de los humanos. Y teniendo la tumba de su madre delante, un escalofrío le recorrió por toda la espina dorsal, sintiendo algo que no podía describir con palabras. Fue un sentimiento tan profundo, que ni siquiera ella misma sabía de qué se trataba, pero sintió la gran necesidad de saber qué podía ser.

Acto seguido, sacó la nota, y decidió sentarse en la hierba. Tenía lágrimas en los ojos, que le nublaban la vista por lo que era muy difícil leer lo que ponía. Pero cuidadosamente se las fue quitando, y casi como un susurro, sintiendo que le estaba hablando a su madre, empezó a leer:

«Querida madre. Mucho tiempo he esperado a este momento, y aunque no lo creas, siempre he pensado que decirte, pero jamás me salieron las palabras. Las palabras son la expresión del alma, pero cuando el dolor es demasiado grande, ninguna palabra puede describir muchos sentimientos. El sentimiento que ahora tengo es de dolor y venganza, porque me dejaron sin la sangre de mi sangre, por separarme de mis raíces. Pero no se cómo librarme de este dolor interno, que sufro sin contar a nadie, que durante tantos años me he guardado para mí, y que ahora comparto contigo.

Mis padres adoptivos me trataron desde el principio como una más, pero siento que me protegen demasiado. Y es que me quieren demasiado. Creeme que lo han hecho todo bien, me comparo con compañeros de mi entorno, y puedo decir que me siento orgullosa de ser como soy, y solo espero que en algún momento sientas ese mismo orgullo.

Pero creo que todo lo que te estoy contando ya lo sabías, porque se que en el fondo, me has estado observando todos estos años. ¿Verdad, mamá?.

Nunca podré agradecerte en persona el gran esfuerzo que hiciste por mi vida, porque fuiste una mujer valiente, y lo que menos te importó fue tu salud, con tal de que yo fuese a un lugar seguro, donde pudiese disfrutar de la vida. Por tanto, te debo algo, y ese algo es defender a la Alianza en tu honor, en el tuyo, y en el de mi padre, tu esposo, que también dio todo lo que tenía por mantener un mundo mejor.

Por tanto, la decisión está tomada, quiero seguir vuestros pasos para hacer ese mundo mejor porque creo que hay humanidad que todavía lo merece, por mi, por mis hijos y por el resto del linaje que dejemos. Solo pido al cielo, que los dos, si veis que el camino que voy tomando no es el correcto, me lo hagáis saber de alguna manera.

Te quiero madre, y espero reunirme contigo algún día en el cielo. Pero seguro que pasarán muchos años para que eso suceda. Y espero que el día que nos reunamos, que volvamos a estar todos juntos de nuevo como la familia que no nos permitieron ser en vuestra vida, sea porque mi cometido en esta vida, haya finalizado.

Tu hija, Namarié, la que no te olvida«.

Y así se quedó, con la carta abierta, los ojos cerrados y la cabeza levantada hacia el cielo, cuando una suave brisa movió las hojas de los árboles y refrescó la cara de Namarié, que abriendo poco a poco los ojos, fue levantándose y, con una sonrisa, miró a sus padres, que se habían retirado un poco para dejarla tranquila en ese momento tan especial, aún con unas pocas lágrimas en los ojos, que denotaban algo de tristeza, pero a la vez satisfacción. Se acercó poco a poco a ellos, y les dijo:

– Bueno, creo que ha llegado el momento de ver algo más. ¿A dónde vamos?

Jandria no pudo contestar, un nudo en la garganta se lo impedía, debido a la emoción de ese momento. Pero Firodren fue el que tomó la palabra y dijo:

– Vamos a Auberdine, a dar un paseo por allí. Vayamos en barco, para poder disfrutar del momento los tres juntos.

Y así, volvieron a tomar el hipogrifo que les llevó a la aldea de Rut´theran, para tomar el barco que les llevaría a Auberdine, situada en Costa Oscura, en el continente de Kalimdor.

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