Capítulo IX: El sueño.

Namarié se encontraba escuchando a Sanatos. El entorno era bastante oscuro, con una niebla densa que no dejaba a penas ver a la gente que se encontraba alrededor. Todos parecían escuchar las indicaciones del elfo. Su imagen era asombrosa, denotaba poder y confianza en sí mismo, tanto en sus palabras como en sus gestos, así como en su mirada. Se hablaba de un gran castillo que al parecer, tenían delante de ellos.”Esa es la puerta, y todos tenemos una llave que la abre…” pensó para sí misma. Una gran sensación de responsabilidad y poder le inundó, y la misma seguridad que Sanatos transmitía empezó a sentirla. Sabía cuáles eran sus poderes y la mejor manera para usarlos, ya que había estado aprendiendo durante tanto tiempo…

– ¡Adelante! ¡Todos juntos y sin separarse demasiado! ¡¡Karazhan debe ser destruido!!

Al entrar en el castillo un gran resplandor le cegó. Cuando consiguió abrir los ojos vio a Tyrande, dentro de una nueva niebla, también densa pero llena de luz. Miró a su alrededor y vio que estaba sola. ¿Dónde estaba el resto de la gente que la acompañaba?

– Saludos Namárië -escuchó la voz de Tyrande.

– ¿Qué está pasando? ¿Dónde estamos?

Ante esta pregunta, Tyrande levantó sus brazos en alto extendiendo las manos y vio una gran luz verde que se extendía alrededor de ellas, de tal manera que la niebla se fue disipando poco a poco, vislumbrando un gran bosque verde con un Gran Árbol al fondo.

– ¿Dónde crees que estamos?

– ¿No es ese Gran Árbol Nordrassil?

– Efectivamente -contestó Tyrande-. Estamos en el Monte Hyjal. Y ahora mismo se está librando una Gran Batalla.

Ante sus ojos aparecieron hombres y mujeres de todas las razas y clases que pertenecían tanto a la Alianza como a la Horda, luchando contra grandes monstruos. Era una visión estremecedora, agonizante, había muertos por todas partes tanto de un bando como del otro. Era la peor de las escenas que podía imaginar.

De repente todo se hizo oscuridad y una pequeña vela apareció encendida al fondo. Se dio cuenta que estaba  sentada junto a una mensa llena de cartas. Eran todas las cartas que ella había escrito a su familia no conocida y a sus padres. Pero entre las cartas había otras con letra distinta. Letra que no sabía exactamente de quién podía ser. Cogió una al azar y empezó a leer:

“Querida Elisa,

Pese a que no sabemos dónde estás no cesamos en nuestro empeño de saber de ti, así como en la costumbre de escribirte. ¿Cómo estáis el bebé y tú? Esperamos que estéis bien. Te echamos de menos.

Intento todos los días hablar contigo en mis sueños pero nunca te encuentro. Y eso no hace más que ahogarme en lágrimas, ya que siento que no estás entre nosotros. El dolor por tu ausencia es inmenso y aunque no hablemos de ti ni de tu bebé entre la familia, siempre estás en nuestros pensamientos y en nuestras oraciones.

Espero que algún día leas esto…

Te quiere, tu hermana.

Suzanne.”

– Mi familia… es de verdad. Sanatos me lo dijo. Pero… ¿qué pasa con mis actuales padres? Siempre se han portado bien, me han educado, me han enseñado todo, les debo todo lo que tengo. No sé qué hacer. Ayúdame a escoger. En mi interior no se qué camino tomar, si entre la vida que llevo ahora, enriqueciéndome de sabiduría viviendo con mis padres y haciendo vida tranquila, o saliendo a conocer mundo, conocer a mi familia verdadera, luchar.

– Has leído mucha historia, has escuchado a los que te lo han querido contar todo. Poco más puedes saber. Ahora es el momento en que tienes la opción de leer la historia a tus descendientes, historia que ha pasado o que va a suceder, o por otro lado, formar parte de esa historia. Dentro de ti sabes perfectamente cuál es la elección, solo que tienes miedo a dar el paso y a decir sí a lo que realmente quieres. Tú misma te has estado respondiendo en esta vida, ahora debes afrontarlo. Te he mostrado dos caras y tienes dos monedas diferentes, solo tienes que escoger la que crees que será tu destino. Entre las dos caras de la primera moneda tienes  por un lado la cara de la guerra y la destrucción, el mundo que hay ahí fuera. La otra cara, es la familia verdadera que aún queda: tus tíos, tus abuelos…

– ¿Y qué pasa con la otra moneda?

– Esa moneda la tienes en tus manos ahora mismo, es la vida que llevas. El poder de la elección consiste en lo que te muestro: quedarte con la moneda que tienes, o soltarla y escoger otra distinta. Una de las monedas no puede convivir con la otra, pero la otra moneda sí que es compatible con la primera, lo único que las cosas cambiarían bien para mejor, bien para peor. Solo tú puedes escribir ese destino.  ¿Has descifrado ya ese destino, Namárië?

De repente, sintió cómo se quedaba sin aliento y volviendo a respirar, se despertó.

– Vaya, finalmente todo ha sido un sueño.

– No -dijo una voz al otro lado del cuarto.- Tyrande se ha metido en tus sueños a través de un portal para esclarecer lo que pasa por tu mente y ordenar tus ideas.

– Madre, ¿qué haces ahí?

– Cuando volvimos de Auberdine, fui a ver a Tyrande -dijo Jandria mientras se iba acercando a la cama de Namarié-, necesitaba de su consejo. Le conté que algo debió pasar en el pueblo ya que tu actitud y tu rostro cambió casi de repente. Sus palabras han sido claras y reveladoras. Sabíamos de la existencia de Sanatos, llegó a nuestros oídos que preguntaba por ti y por tu madre y le vimos de vez en cuando intentando llegar a tí. Pese a que averiguamos que tenías familia aún viva pensamos que lo mejor era que, llegado el momento, nosotros te llevaríamos a visitarla. Pero los acontecimientos de tu destino parece que se adelantan y es ahora cuando debes decidir. Nosotros no podemos hacerlo por tí. Y decidas lo que decidas, siempre será respetado por nosotros. Es tu decisión, no la nuestra.

Y sin más palabras Jandria salió por la puerta, Namarié pensó que la decisión la había tomado hace demasiado tiempo, solo que tal como se le había dicho, la había retrasado.

Se levantó de la cama y empezó a escribir en su mesa una carta que decía:

“A la atención de Sanatos, el Cazador de Demonios, Maestro de la Alianza de Simbelmynë.

En tu carta decías que solías estar en esta Cantina, más no decías donde  vivías. Así que te remito la carta a dicho lugar.

Tyrande me ha mostrado un sueño revelador y en consecuencia he tomado una decisión, clara como el agua. Aunque he de decir que siento cierto temor.

No obstante, dentro de una semana partiré hacia la Ciudad de Ventormenta. El justo tiempo para preparar todo lo que tengo y despedirme de seres queridos, así como recibir las bendiciones pertinentes de Elune.

Espero verte allí y me demuestres lo que me has prometido: ver a mi familia. Del resto ya hablaremos largo y tendido.

Saludos,

Namarié.”

Y así, volvió a la cama costándole a partir ese momento conciliar el sueño. Esperando que llegasen las primeras luces del alba para salir a entregar la carta y deseando llegar lo antes posible a su destino.

 

3 Comments
  1. Reply Fonko 30 abril, 2011 at 17:50

    Estupendo. Mucho mejor relatado que otros muchos capítulos anteriores. Continúa, quiero seguir leyendo día tras día la historia de Namarié.

    Un abrazo.

    • Reply Namarie 30 abril, 2011 at 18:06

      Gracias Fon! La cantidad de veces que se ha releído y reestructurado frases y demás, me alegra ver que se ha notado algo 🙂

  2. Reply Fonko 10 mayo, 2011 at 6:32

    Se ha notado mucho, de verdad. 😉

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