Capítulo XIV: Páramos de Poniente y Minas de la Muerte.

Con tanto trabajo y tanto por hacer, los meses fueron pasando rápidamente.

Las clases se iban haciendo cada vez más intensas y más duras, así como las primeras misiones que le iban encomendando.

No obstante, no iba siempre sola ya que había empezado a entablar una gran amistad tanto con Baldhür como con Érebo e iban los tres juntos muchas veces. Pero sobre todo había que destacar su amistad con el joven Érebo. Casi siempre quedaban para ir al mismo sitio e iban juntos a hacer las misiones. Baldür solía llegar más tarde porque siempre tenía otras cosas que hacer. Por lo que les contó vivía con su padre el cual no andaba demasiado bien de salud, así que tenía que estar constantemente pendiente de él. Aún así era un hombre muy inteligente y a pesar de tener poco tiempo para aprender, poco a poco se iba convirtiendo en un mago fuego excepcional.

Érebo siempre cuidaba de los dos con sus curas. Aunque para no ser monótono lanzaba algún que otro hechizo para ayudar.

De vez en cuando los tres buscaban un poco más de emoción ante los peligros, lo que a su vez causaba algún que otro susto que no llegaba a mayores hasta el momento. Suponían que la suerte estaba de su lado.

Namarié aún así siempre intentaba ser cauta y advertirles, pero cuando la decisión de hacer alguna gamberrada estaba tomada nunca abandonaba a sus compañeros y les acompañaba «para cuidar que no se metan en más líos de los que se van a meter ya», decía.

En estos días rondaban por Páramos de Poniente. Ésta era una zona cercana al Bosque de Elwynn. Y aunque se encontraba poblada por humanos, no se encontraba bajo el control de la Alianza, sino más bien por miembros de la Hermandad Defias.

En su día, ésta zona era muy importante, un gran centro agrícola. Pero hoy por hoy parece estar totalmente abandonada. La región poco a poco se va convirtiendo en seca y estéril con hierba amarillenta y aves carroñeras.

Hay un pequeño pueblo llamado Arroyo de la Luna, base principal de la Hermandad Defias. Allí mismo, se dice que existen unas minas llamadas «Minas de la Muerte». Durante la Primera Guerra, Lord Anduin Lothar se aventuró en dichas minas para obtener el Tomo de la Divinidad. En este intento fue capturado por una banda de ogros y mantenido cautivo durante veinte meses. Finalmente fue rescatado y consiguió tener éxito en su misión. Además, fue en estos túneles en los que Griselda, hija de Mano Negra el Destructor, huyó con el ogro Turok. Ambos fueron asesinados en una incursión orca.

Recientemente Namarié leyó en un libro lo siguiente:

«Fue el mayor centro de producción de oro de las tierras humanas, pero las Minas de la Muerte fueron abandonadas cuando la Horda arrasó Ventormenta durante la Primera Guerra. Ahora la Hermandad Defias la usa como residencia y han convertido sus oscuros túneles en su santuario privado. Se rumorea que los ladrones han reclutado a los astutos goblins para que les ayudan a construir algo terrible en el fondo de las minas, pero nadie sabe de qué se trata.»

Su gran error fue contárselo a sus amigos ya que en seguida quisieron averiguar más… entrando, por supuesto.

– Estáis locos chicos. No me parece buena idea.

– Venga Namarié. Dime que no te pica un poco la curiosidad por saber qué es lo que se trama allí -dijo Érebo.

– No, ni por asomo.

– ¿Tú qué opinas, Bal?

Baldhür se quedó con un aire pensativo haciéndose el interesante. Cuando se ponía así, Namarié pensaba que al fin entraba en razón, mientras que Érebo sonreía levemente puesto que sabía qué quería decir su expresión.

-Vayamos a echar un vistazo a ver a cuántos podemos matar y qué tesoros podemos encontrar. Tengo ansias de… ¡¡SANGRE!!

La cara de Érebo siempre era victoriosa mientras que la de Namarié era todo lo contrario.

-Venga Nama, ¿qué dices? ¿Te vienes a ver que encontramos por allí?

– Vale chicos, vamos a echar un pequeño vistazo -contestó con resignación.- Pero por favor, mirar e irnos, ¿vale?

– ¡Vale!- contestaron los dos a la vez mientras chocaban sus manos con aire de victoria.

Tomaron rumbo al pueblo de Arroyo de la Luna que no estaba demasiado lejos de donde se encontraban, la Colina del Centinela. Pronto llegaron y fueron a la parte más lejana de la aldea pero bordeándola, ya que no querían alertar a los ciudadanos.

Se adentraron en una casa y finalmente empezaron a ver un largo túnel que no hacía más que descender. Fueron escondiéndose entre las sombras y al rato estaban en plena mina. Allí pudieron ver a Glubtok, contratado por los Defias para controlar a los trabajadores como supervisor jefe de las minas.

Más adelante se encontaba Helix Rompengranajes, un goblin ingeniero que aceptó el trabajo con los Defias, como ingeniero autónomo, tras aceptar una cantidad de dinero mayor de la que podría conseguir jamás.

Vieron a lo lejos lo que se temían, el Siegaenemigos 5000, modelo de cosechador basado en la unidad Siegaenemigos 4000 que los ingenieros defias estaban perfeccionando para poder penetrar mejor las armaduras de los soldados de Ventormenta.

El Almirante Rasgagruñido, anteriormente conocido como James Harrington, el cual sucumbió a la maldición huarguen, destruyó a su familia y a su carrera marítima en una sola noche. Adaptó el nombre de Rasgagruñido y huyó a los Páramos de Poniente.

«Capitán» Cocinitas, que se autoproclamó capitán de la Hermandad Defias tras la muerte de su último comandante. Aunque sigue realizando sus
deberes oficiales como cocinero jefe, cualquiera que cuestione la validez de su título de capitán podría acabar sufriendo un caso grave de intoxicación alimenticia.

Y finalmente, Edwin VanCleef.

Habían conseguido deslizarse casi hasta el final de las Minas sin haber sido descubiertos.

– ¿Bueno, y ahora qué hacemos? -preguntó Érebo en un susurro.

– ¿Pues qué vamos a hacer? -dijo Baldhür muy animado.- Cargarnos a alguno de estos que hay por aquí. Imagínate que matamos a Edwin VanCleef…

– Estáis fatal -interrumpió Namarié.- Tendríamos que dar gracias por que no nos hayan descubierto aún y empezar a pensar en poder salir de aquí con vida. ¿Habéis pensado en algún momento en ello? Además, si nos paramos a matar a alguien desde el final imaginaros como se dará la voz de alarma en la salida, esto puede ser un infierno y no veo la posibilidad de salir de aquí. Tendríamos que haber matado desde el principio y no desde el final. Vámonos como sea y cuanto antes.

– Pues volvemos por el mismo camino por el que vinimos y de la misma manera en la que hemos llegado hasta aquí. No sé dónde encuentras la dificultad -contestó Érebo.

– Bueno pues entonces no sé a qué esperamos para salir. No creo que podamos nosotros tres contra ninguno de los que hay aquí. Son muchos. La próxima vez llamamos a alguien para que nos ayude y los matamos si queréis, pero ahora no creo que sea el momento -contestó tajantemente Namarié.

– Vale, vale. No insistas. Pareces mi madre a veces -le dijo Érebo-. Salgamos de aquí lo antes posible.

Y tal como entraron, intentaron salir. Pero lo que no sabían es que alguien ya les había visto en algún punto llegando al principio, por lo que les esperaba una recepción a la salida. Así que cuando llegaron se encontraron un comité de hechiceros y matones de la Hermandad Defias esperándoles.

– Vale y ahora… ¿qué sugerís? -preguntó Baldhür.

– Yo qué sé. ¿Rezar para llegar a casa? -contestó Namarié.

– Saldremos de ésta -dijo entonces Érebo-. Nama, saca el nuevo compañero que tienes, ese azul. Además intenta lanzar miedo siempre cuando puedas para espantar a alguno de ellos. Bal, congela a esta gente en su sitio y convierte en oveja a todo el que pilles. Yo os iré curando lo máximo que pueda, me quedaré el último.

– ¿Qué? No, no Érebo. Todos juntos o nada.

– Nama, tengo que vigilaros y tengo que ir el último. No hay negociación en esto.

– Creo que no es el momento de ponerse a discutir este tipo de cosas -dijo Baldhür con cierto nerviosismo-. Creo que lo mejor, Érebo, es que nos digas: la táctica es…

– ¡Salir corriendo por patas lo más que podáis!

Los tres se miraron y sin pensárselo ni un minuto hicieron todo lo que Érebo había dicho: Baldhür dejó a algunos en sus sitios clavados y a otros les convirtió en oveja; Namarié lanzó a unos cuantos miedo y a su nuevo compañero azul a por ellos; y Érebo les fue echando curas a los dos y a sí mismo mientras que lanzaba algún hechizo esporádico. Media Hermandad Defias empezó a perseguirles dando la alarma en la aldea.

– ¡¡¡SANGRE!!! -decía Baldhür mientras corrían los tres.

Durante al menos diez minutos estuvieron corriendo hasta que vieron que ya no les seguía nadie y ya no podían lanzar más hechizos. Ninguno de los tres podía hablar, se habían quedado sin aliento. Llegaron a la Colina del Centinela andando a paso ligero y cogieron el grifo que les llevaría a la Ciudad de Ventormenta. Los tres tenían una sed horrible. Se sentaron en una mesa fuera del «Ermitaño Azul» y pidieron tres bebidas que terminaron de un trago.

– Somos gente con suerte -dijo Érebo para romper el silencio que hubo desde que salieron de la Mina.

– No, si la táctica es lo más importante… ¡salir corriendo! -dijo Namarié.

Y con esto, los tres empezaron a reírse mientras comentaban la «jugada» hasta altas horas de la noche, cuando ya cerraban la posada y decidieron irse cada uno a descansar. No sin antes acordar un pacto: no contárselo a nadie, ya que si los maestros de la hermandad se enteraban de lo ocurrido esa tarde, la reprimenda que les podía caer podía ser bastante severa.

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