Capítulo XVIII: Ciudad de Shattrath (Primera Parte)

[…]Zangar es una zona tranquila que ha eludido la gran influencia demoníaca. Los innumerables lagos de la marisma y sus piscinas están limpias de cualquier contaminación, y la mayoría de los animales nativos y los hongos emiten luz fosforescente calmante. Sólo recientemente se ha estropeado ecológicamente de manera autónoma. Algo que está causando el hecho de que los niveles del agua caigan. Hay setas gigantes de la marisma que están muriendo, al igual que las criaturas que dependen de las setas para comer[…].

En este pantanoso lugar se encontraban tanto Érebo como Namarié. Trataron de investigar muy a fondo el lugar ya que poco más se sabía sobre ésta zona. Extrañas criaturas lo habitaban pero no dejaba de ser una maravilla a la vista de cualquiera. Ambos permanecieron asombrados nada más llegar al Refugio Cenarion ya que se encontraron con esas enormes setas de las que hablaban los libros y no muy lejos las grandes extensiones de agua. Pero pronto se vieron con las bestias, mayoritariamente los nagas, que eran realmente los responsables de que el nivel del agua estuviese cayendo, mientras que la tribu Ango´rosh eran los responsables de cortar las setas. Érebo y Namarié se unieron a la lucha con la Expedición Cenarión para combatir contra ellos y poder salvar el pantano. Tuvieron éxito en la misión, pero en sus mentes rondaba la preocupación ya que sabían que no tardando mucho volverían de nuevo a la carga y sólo una cosa podría hacer cambiar ésto, la muerte de Illidian y de sus secuaces, entre ellos Lady Vashj.

Durante toda la estancia por ésta zona la lluvia era notable, lo que hacía que el ambiente húmedo fuera más intenso aún.

Uno de los lugares que más gustó a Namarié fue Telredor. Se trataba de un pequeño asentamiento Drainei situado encima de una de las setas gigantes. Fue uno de los refugios que los drainei utilizaron cuando los orcos empezaron a atacar sus pueblos, convirtiéndose en una fortaleza inexpugnable y refugio seguro. Para poder llegar arriba, había un elevador que durante su trayecto se ponía a una gran distancia y no tenía paredes, por lo que si no se tenía cuidado se podía caer en picado al suelo con una muerte prácticamente segura si se encuentra a gran distancia del suelo. Una vez arriba no había vendedores de comida por una tradición: porque como están cerca del hambre, la comida se comparte entre su propia gente y no se vende a los forasteros. Pero sí ofrecen alojamiento.

Al cabo de un tiempo entraron en el Bosque de Terokkar, una región que recibió su nombre después de la llegada a la zona de Terokk, un semidios arakkoa. Fue el héroe más grande de todos los arakkoa y construyó Skettis con sus garras desnudas, pero un día desapareció. Tiene sus «ojos» depositados en los asentamientos arakkoa de Veil Shienor y Veil Reskk, de manera que puede observar todo lo que sucede en Skettis. Pero grandeza no es símbolo de benevolencia y el fin de algunas de sus órdenes han sido percibidas por un grupo de arakkoa como de tendencia maligna, que tratan de demostrar la naturaleza del falso profeta de Terokk cuyas enseñanzas están llevando a su pueblo a la perdición.

Terokkar ha sido conocido tradicionalmente en mapas y conocimiento antiguo como El Vertedero de Huesos, una zona devastada por un incidente que tuvo lugar en Auchindoun hace bastante tiempo y que ahora es una subregión dentro del propio Bosque de Terokkar. Probablemente, con el paso de los años, la vegetación haya ido ganándole terreno al paisaje desolado y una gran parte de lo que era un páramo destruido ahora es una arboleda rica en vegetación. Se especula también que unos druidas replantaron parte de la zona, como ya hicieron con otras partes de Terrallende, después de que la necromancia de la Horda corrompiera la tierra.

Poco tuvieron que andar hasta toparse con la ciudad de Shattrath. Denominada también como la Ciudad de la Luz, es el mayor centro de comercio de Terrallende. Es la ciudad donde viven los antiguos héroes y los naaru, además de ser capital que comparten las facciones de la Alianza y la Horda. Namarié se quedó pensativa ante este aspecto. Era la primera vez que veía a ambas facciones juntas. Es más, era la primera vez que veía a gente de la Horda tan cerca y no sentir el miedo de un posible ataque hacia ella, pudiendo ahora mantener la guardia baja.

El motivo por el que no se producían ataques entre ellos, era porque se trata de una ciudad Santuario.

Gobernada por un grupo de naaru conocidos como los Sha´tar, su gobernante supremo es A´dal, sustituto de Velen. Éste se encontraba en el centro de la ciudad y en los alrededores de ésta sala había portales hacia los distintos lugares de Azeroth, tanto para la Horda como para la Alianza. Los ojos de Namarié se abrieron de par en par al comprobar que allí había, entre todos los portales, uno que le hizo emocionar: el portal a la ciudad de Darnassus. Ésto solamente podría significar una cosa: que a pesar de estar en tierras tan lejanas no podría dejar pasar la oportunidad de ver a su familia de una manera tan sencilla como cruzar dicho portal. Pronto sintió que debía hacerlo en aquél preciso momento, que debía dejar todo lo que había allí para volver con su familia, pasar las tardes de primavera con su padre por los magníficos lugares de Teldrassil, volver a bajar al muelle de la Aldea de Rut´Theran y coger un glifo para poder visitar por segunda vez en su vida la tumba de su madre, leer un libro bajo las ramas del árbol de Dolanaar o escuchar la historia de los árboles mágicos en El Claro del Oráculo.

La mano de Érebo agarrando suavemente el brazo de Namarié le hizo salir de sus pensamientos más deseados. Sintió como si despertase de un dulce sueño y pronto la realidad la volvió a envolver. El bullicio de la ciudad continuó como si nada hubiese pasado. Mirando a su alrededor vio a un grupo de pequeños Drainei sentados que estaban escuchando la lección de otro Drainei mucho más mayor. Mientras tanto, Érebo hablaba con otra persona, no se había fijado bien quién era ya que ella seguía absorta en lo que estaba observando.

Finalmente Érebo volvió a tomarla del brazo y emprendieron de nuevo la marcha. Fueron hacia la parte baja de la ciudad, el Bajo Arrabal, lleno de refugiados de todas las clases. Entraron en una taberna y allí estaba Sanatos junto con Ully. Sanatos se levantó al verles y les saludó alegremente.

– Bienvenidos de nuevo. ¿Cómo estáis? Sentaros, por favor.

Pidieron unas bebidas y empezaron a hablar del camino, del lugar en el que estaban y de varios asuntos. Namarié no prestaba atención. Empezó a sentir el cansancio acumulado de todo este tiempo sin parar. Prácticamente no había tenido tiempo de pensar en tantas cosas que parecía que había olvidado… Su familia, sus gustos por las cosas que le rodeaban, sus ganas de tumbarse una noche entera a leer un libro tranquilamente pensando que todo de lo que hablaba simplemente era historia en la que no estaría jamás involucrada. Pero ya no era así. Su vida había cambiado muchísimo desde el día que partió en aquél barco, pero más desde el día en que decidió salir a aprender el arte de la guerra, aprender a ser bruja y todas sus artes oscuras. Estaba, tal como se le había dicho en sus sueños, formando parte de esa historia. Y eso empezó a aterrarle. Pronto alcanzaría el poder supremo de su clase, algo que jamás pudo imaginar. Y estaría preparada para casi todo, para ir a la guerra de verdad. Las cosas no serían simples batallas para conseguir una misión. Las cosas serían ir a por los grandes maestros del mal, a por aquéllos demonios que los libros mencionaban. Tenía mucho miedo y pensó en que no sabía si sería capaz de seguir aquel camino, no tenía ya fuerzas… ¿Cómo iba a ser capaz si cada vez que veía un miembro de la Horda acercarse procuraba no ser vista?.

– Nama… ¿me escuchas?

Sus pensamientos se volvieron a interrumpir de nuevo.

– ¿Qué?

Namarié miró a su alrededor. Todos la estaban mirando. Ully miraba un poco asombrado, pero tanto Érebo como Sanatos empezaron a preocuparse. Ambos la conocían muy bien y pronto se dieron cuenta que algo le rondaba por la cabeza.

– Lo siento, no estaba escuchando -respondió un poco asustada-. La verdad es que no me encuentro demasiado bien, creo que necesito dormir. ¿Puede ser que descanse hasta la hora de la cena? ¿Sería mucha molestia para vosotros?

– No, claro… -contestó Érebo con un tono de voz de extrañeza-. ¿Quieres que te acompañe?

– No, no hace falta. Puedo ir sola. Dejaré las cosas aquí, ¿os podéis encargar de llevarlo vosotros al campamento?. Gracias.

Y sin más Namarié se levantó de la mesa y se fue. Realmente no quería dormir, sino que lo que quería era estar un buen rato sola, sin nadie alrededor cuidando de ella. Salvo en su estancia en Ventormenta, siempre estuvo acompañada por alguien, bien Érebo, bien Baldhür, bien Sanantos e incluso alguna vez fue acompañada por Ully. Pero jamás pudo ir sola a ningún sitio. Entonces, ¿realmente sería capaz de hacer algo por sí misma? ¿Por qué tanta protección hacia ella?¿Sentían que en el fondo era una persona débil no capaz de luchar por sí misma?

Se encontró deambulando por el Bajo Arrabal poblado de Esporinos, Tabidos, Mag´Har y Arakkoas, siendo estos últimos renegados de Skettis.

Subió al centro de la ciudad y vio los grandes ascensores que subían a las zonas del los Aldor y los Arúspices, despertando su curiosidad por lo que podría haber allí arriba. Así que, sin más, subió a uno de ellos. Como aún no pertenecía a ninguna de las dos facciones no pasaba nada. Era una simple turista curioseando por el lugar. El lado de los Aldor estaba poblado principalmente por Drainei, con su gran estatura y sus brillantes armaduras característico de los guerreros y de los paladines. Resaltaba el agua en cascadas que había por todas partes. Algunas de las cascadas salían de un trozo de roca que se encontraba en las alturas, resto de las tierras colindantes de Nagrand. Se trataba de una gran explanada con unas grandes escaleras que subían al Santuario de la Luz Inagotable, donde se encontraba la Suma Sacerdotisa de los Aldor, Ishanah. Desde aquí se planeaban los ataques a la Legión Ardiente, las bases de los demonios siendo Illidari o de la Legión, aunque también luchan contra las fuerzas de Kael´Thas.

El Alto Aldor estaba comunicado con la Grada Arúspice. Pese a esta unión, ningún simpatizante de una de las facciones era bien recibido en el lugar de la otra. Custodiado por elementales, se encontraban allí elfos de sangre. La entrada por ésta conexión no llamaba mucho la atención, pero si se accedía por la entrada principal los ojos se quedaban clavados en la fuente central, sus grandes estatuas y su gran colorido rojo. No era tan llano como la zona de los Aldor. Todo estaba decorado como la ciudad de Lunargenta, capital de los elfos de sangre. El símbolo de los Sin´Dorei era destacable. Al fondo estaba la escalitana que subía a la Biblioteca, lugar donde reside el líder Voren´Thal el Vidente. Desde aquí se planeaban los ataques a Kael´Thas. Todo estaba lleno de alfombras rojas y el lugar le pareció mucho más hermoso que el de los Aldor y el alojamiento que se ofrecía parecía mucho más cómodo, más incluso que el campamento que tenían montado para los componentes de la Hermandad. Entró en la Biblioteca, pero no le dejaron tocar ningún libro. «A los extranjeros no les dejamos tocar nuestras reliquias, tendrías que pertenecer a nuestra facción para poder ver algo» le dijeron. Solicitó los requisitos y revisó las ventajas que podría tener, ya no solo pudiendo ver lo que escondía la biblioteca, sino que también por ser de su facción podría encontrar más recetas de alquimia que siendo de los Aldor.

Con la idea mascada de emprender las aventuras para pertenecer a ésta facción salió de allí con las primeras misiones. Se dirigió al centro de la ciudad y volvió a la zona de los portales. Tuvo los mismos pensamientos que la vez anterior, sintió que quería cruzar el portal, pero ésta vez estaba enfadada con todo el mundo. Sentía que tenía el poder de volver a decidir qué hacer con su vida, si seguir el camino de la guerra o volver a su hogar. Pero con la rabia que sentía dentro de sí misma, empezó a valorar ambas opciones y pensó que si se quedaba allí sin cruzar el portal, quería empezar a tomar sus propias decisiones y no ir de la mano de nadie. Ya era lo suficientemente adulta como para decidir qué hacer sin que ninguna visión o maestro o compañero le diese el sermón de qué era lo mejor para ella.

Aún así poco a poco se fue acercando al portal casi inconscientemente. Pero justo cuando lo tenía prácticamente delante, tal como pasó la vez anterior, una mano la agarró fuertemente del brazo e hizo que se diese media vuelta. Pero la mano ya no parecía tan amistosa, sino más bien de alguien que estaba enfadado.

– ¡Namarié! ¿Qué demonios te pasa? ¿Qué es lo que estás haciendo?

La voz era la de Sanatos y su cara de enfado era patente.

– Has estado pensativa todo el rato y de repente te vas. Estamos contando contigo para tomar decisiones, dices que estás cansada y en lugar de ir al campamento a descansar ¡¡desapareces por la ciudad!!. Y ahora te veo delante del portal de Darnassus. ¿Qué quieres? ¿En qué estás pensando?

De repente todo ante ella se vino abajo. Sintió que estaba empezando a descubrir al Sanatos que no conocía, al Maestro de la Hermandad, al Cazador de Demonios, al responsable de las vidas de los miembros de la hermandad y la persona que tenía emprendida una lucha junto con todos ellos contra el mal. Y que ella estaba revelándose como una cría que quiere huir de los problemas para buscar una vida tranquila y apacible donde pasase lo que pasase los responsables fueran los demás.

– Vamos al campamento. Érebo esta buscándote también. Le has dejado muy preocupado. En cuanto nos encontremos con él nos vas a explicar en qué demonios estás pensando y qué es lo que pretendes.

Fueron al campamento y allí se encontraba Érebo con la cara desencajada por la desaparición de Namarié. Al verla se tranquilizó bastante pero no dejaba de tener la cara de susto. Los tres entraron en la tienda de campaña de Sanatos y empezaron a interrogarla, siguiendo una gran charla sobre lo que debía o no debía hacer.

Ella no sabía si tenían miedo de que hubiese abandonado la lucha o el no saber dónde estaba y aunque entre los dos estaban diciéndole ambas cosas tampoco entendía qué era lo que pasaba. Tampoco podía explicarse demasiado así que después de la charla se fue a su tienda de campaña a descansar de verdad, pensando en que en cuanto tuviese la oportunidad y todo se hubiese tranquilizado un poco, quería dar explicaciones más concretas de qué estaba sucediendo en su mente.

Continuará…

Deja tu comentario