Capítulo XX: El límite hacia el Vacío Abisal

Las semanas fueron pasando rápidamente. El trabajo cada vez era más duro.

Tras haber pasado por todo el Bosque de Terokkar, Nagrand y Montaña Filospada, matando criaturas de lo más extrañas en comparación con lo que había visto en Azeroth, se encontraban en Tormenta Abisal.

Namarié estaba asombrada con Terrallende. Para ella era como un lugar mágico. Cada zona resaltaba por los colores que tenían, el cielo era totalmente distinto en cada lugar así como su historia.

Nagrand era lo más parecido a Azeroth en cuanto a prados verdes, cascadas de agua y montañas rocosas se refiere. En el centro se encontraba la ciudad de Halaa, que estaba en guerra continua tanto por parte de la Alianza como por la Horda. El nombre de Nagrand proviene del idioma orco y quiere decir «Tierra de Vientos» siendo así el lugar donde el pueblo orco celebraba dos veces al año su festividad, el Kosh´harg. En esta festividad, los clanes solían reunirse en la base de la montaña sagrada Oshu´gun, donde daban gracias a los espíritus.

Durante la guerra contra los Drainei, el profeta Velen y su séquito fueron llevados a Oshu´gun, donde fueron hechos prisioneros por Durotan, aunque fueron liberados.

«Nagrand es el último reducto de Outland, hogar ancestral de los orcos y el corazón de su chamanismo. Hoy es una comuna fértil donde conviven elementales con mortales. La amenaza más grande a la que se enfrenta esta tierra son ogros que bajan a merodear desde Montaña Filoespada, que reclaman parte del territorio como propio saqueando y asesinando a las criaturas de esta gran reserva.»

Sin embargo, Montaña Filospada fue diferente de manera visual. Predominaban los tonos marrones, pero lo que más llamaba la atención, eran las grandes y afiladas rocas en forma de punta que se encontraban distribuidas por las mesetas. El cielo era rojizo y el calor era casi insoportable. Allí predominaban los ogros y semiogros. También se encontraba una especie de Pozo lleno de portales y criaturas tales como demonios que provienen del Vacío Abisal. Pero en su gran mayoría predominaba el aspecto desértico, aunque encontraron zonas verdes y apacibles repobladas por los elfos y otras criaturas aliadas que hicieron que su corta estancia en esas tierras fuera lo mejor posible.

«Este reino es también la patria de los ogros brutales, que libran batallas constantes y feroces uno en contra del otro para ganar el favor de sus amos Gronn sin piedad.»

En aquel lugar, se encontraba la Guarida de Gruul, el Asesino de Dragones, señor de todos los ogros y los groons, y convivía en su guarida junto con el Alto Rey Maulgar y otros secuaces.

El lugar donde se encontraban en ese momento, Tormenta Abisal, era una región compuesta por fragmentos flotantes de tierra unidos por puentes y otras construcciones. Originalmente no formaba parte de Terrallende, sino que se trata de un terreno rescatado del Vacío Abisal y anclado gracias a la ingeniería goblin y a las artes de los Etéreos que tratan de crear vida donde la mayoría de las razas de Terrallende no pueden sobrevivir.

El nombre de Tormenta Abisal se debía a que la región siempre se encuentra azotada por una tormenta mágica, tormenta que crea un desgarro en la realidad provocando que el gran vacío entre el mundo real originando una gruesa nube violeta que envuelve el cielo de energía mágica. Y a causa de ésto, la mayoría de sus criaturas han sido absorbidas por este poder siendo así convertidas en unas criaturas tales como las rayas abisales, las vermis de maná o los colosos. Algunas zonas se encuentran bajo el poder de los goblins que se encargan de investigar y experimentar la gravedad, además de construir puentes, tal como se dijo anteriormente. Su lugar principal está en el Area 52.

Toda la región tiene también ruinas drainei, como las Ruinas de Enkaat, las Ruinas Arklon y las Ruinas de Farahlon.

Además de bases de forja pertenecientes a la Legión Ardiente con su comandante de la Legión, Scocrethar, que se encarga de dirigir a las fuerzas en esta región.

También encontraron cinco forjas de maná dispersas por toda la zona, construidas por las fuerzas de Kael´thas, que proporcionan poder arcano para alimentar los planes de Kael´thas. De las cinco, cuatro de las forjas de maná (Ara, Coruu, B´naar y Duro) están en pleno funcionamiento y elfos de sangre de la Furia del Sol y demonios de la Legión se encargan de mantenerlas. La quinta, la Forja de Maná Ultris, fue destruida y deshabitada de criaturas oscuras.

En el centro, tres grandes cúpulas mágicas se ven desde cualquier lugar de la región, dentro de las cuales se han diseñado las condiciones favorables para plantas y animales, unos oasis en aquella tierra: la Flecha de la Tormenta, el Ecodromo Campolejano y el Ecodromo de la Tierra Media. Ambas son cuidadas por los Etéreo del Consorcio.

«La región de Tormenta Abisal fue un lugar verde y abierto llamado los Campos de Farahlon hasta que Draenor fue destrozada. Normalmente imperceptibles para los mortales, el Vacío Abisal sangró en el reino físico y desató una tumultuosa tormenta arcana que deformó el territorio circundante. Los elfos de sangre están ahora utilizando la tecnología de un buque naaru capturado para aprovechar la magia de la tormenta, comprometiendo aún más la tierra que ya es inestable.»

Namarié y Érebo estaban a punto de terminar sus misiones en aquél lugar. Pese a que ante los ojos podía llegar a resultar un lugar maravilloso, sentían un cierto temor ya que podía darse cualquier circunstancia para que pudiese pasar algo terrorífico.

Se encontraban matando las últimas rayas abisales, cuando por descuido y debido al cansancio provocado por tanto esfuerzo, Namarié se acercó tanto al borde de la tierra que llegó a resbalar y perder el equilibrio. Érebo se encontraba de espaldas en ese preciso instante, pero su corazón se paró al escuchar el grito ahogado de Namarié que podía proceder del Vacío. Al dar media vuelta, no consiguió verla y el nerviosismo creció al no encontrarla mientras se fue acercando hacia el borde del precipicio. El horror le estaba invadiendo solamente al pensar que ella hubiese caído y que jamás volvería a verla.

Se acercó poco a poco con el temor de no verla y, con los pies colgando en el vacío y las manos en el borde de la tierra, la vio mirando hacia arriba casi a punto de caer.

– No puedo sujetarme más no aguanto… -dijo Namarié con una voz llena de miedo y terror ante lo que podía pasar.

– No, no voy a dejar que te caigas.

Intentó subirla agarrándola de los brazos pero resultó casi imposible cogerla ya que resbalaba también y lo más probable era que ambos acabaran en el Vacío.

– Aguanta Nama, por favor, aguanta un poco. Voy a sacarte de aquí, te lo prometo.

Llamó a los caballos de ambos e inmediatamente llegaron. Cogió una cuerda y la ató a los caballos para que hicieran fuerza y tiraran hacia atrás. El otro extremo de la cuerda se lo dio a Namarié:

– Sujetate a esta cuerda. Agarrate fuerte por favor. ¡Confía en mí!

Namarié agarró la cuerda con una sola mano mientras que con la otra se agarraba al borde del precipicio para impulsarse hacia arriba mientras los caballos y Érebo tiraban de ella. Poco a poco fue subiendo y cuando empezaba a sentirse segura agarró la cuerda con las dos manos.

Poco a poco fue saliendo hasta que Érebo soltó la cuerda y fue a por ella directamente y consiguió sacarla y ponerla en tierra firme. Lo que no pensó es que los caballos, debido al impulso por el peso descargado, fueron hasta el precipicio. Érebo y Namarié los agarraron como pudieron pero el caballo de Namarié, que se encontraba el primero, resbaló quedando suspendido de la cuerda en el Vacío.

De repente, una elfa de sangre que se encontraba por el lugar acudió a ellos. Érebo se puso algo nervioso al verla pensando que se podría aprovechar de aquél momento y lanzar a ambos hacia el precipicio, pero nada de eso ocurrió. La elfa agarró el caballo de Érebo para ayudarles y empezó a tirar de la cuerda con ellos. Algo dijo ella que no entendieron ninguno de los dos, pero pronto la elfa señaló las bolsas del caballo de Érebo y al caballo que estaba a punto de caer así que Érebo, volviendo al borde del precipicio, agarró las bolsas de Namarié dándose cuenta que poco podían hacer por el caballo pero sí al menos recuperar las pertenencias que llevaba. Con poderes arcanos la maga empezó a romper la cuerda una vez que tenía Érebo las bolsas y aunque Namarié le gritó para que no lo hiciera y no sacrificara su caballo, ésta no hizo caso, por lo que la cuerda se desgarró dejando caer la montura hacia el Vacío Abisal.

Érebo vio que Namarié estaba realmente enfadada con la elfa, así que antes de que fuera a por ella la agarró fuertemente y le dijo:

– Estás viva gracias a ella. El caballo es menos importante que tú. Estás viva. Estamos vivos. Ella podría habernos matado y no lo hizo.

Y se abrazaron fuertemente mientras Namarié se daba cuenta que Érebo tenía razón. Así que ambos fueron a agradecer a la maga su ayuda. Nunca pensaron que una persona de la Horda pudiese ayudarles. Con gestos le dieron las gracias y se presentaron:

– Eärwën -dijo la elfa de sangre señalándose a sí misma.

– Érebo -dijo él señalándose-. Namarié -dijo señalando a Nama.

Y Eärwën bajó la cabeza en forma de reverencia hacia ellos, a lo que ambos hicieron lo mismo ante ella. Y tras estas presentaciones y agradecimientos se fue.

Érebo curó las heridas de Namarié con magia e inmediatamente dejaron de sangrar y de doler. Montaron en el caballo de Érebo y salieron hacia el Area 52 para dejar los objetos solicitados en la misión en la que estaban trabajando, la última de esa zona, y se prepararon para coger un glifo y volver a la Ciudad de Shattrath. Estaban muy cansados y la tristeza de Namarié era notable. Había perdido a su caballo y casi pierde la vida y sus cosas, los recuerdos que siempre llevaba consigo, además de la Piedra de Hogar que le había regalado Morpheo.

Al llegar a Shattrath fueron a descansar. Un día duro que casi acaba con un triste final.

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