Capítulo XXII: Un duro golpe para una pequeña hermandad.

Valle Sombraluna es el lugar donde se encuentra el Templo Oscuro, lugar donde reside Illidan. La región debe su nombre al Clan Sombraluna de Ner´zhul. Antes de la destrucción de Draenor, la costa norte de la región era conocida como la Costa Esqueleto.

Este valle es un triste espectáculo de magia demoníaca que se ejecuta fuera de control. Día y noche, energía vil fundida surge de la tierra y luce en el cielo con una llama verde. Al este se encuentra el Templo Oscuro, donde se asienta el poder de Illidan Tempestira. Con el Portal Oscuro abierto de nuevo, Illidan y sus aliados luchan por mantener a raya los refuerzos de la Legión y mantener todos los otros portales de Terrallende cerrados.

Valle Sombraluna es una tierra extensa de piedra y ceniza con poca vegetación. El volcán Mano de Gul´dan domina el centro del lugar, el cual está en constante erupción de color verde.

Tanto la Horda como la Alianza tienen asentamientos en este lugar, así como los Aldor y los Arúspices.

El asentamiento de la Alianza se llamaba Bastión Martillo Salvaje. Se encontraba bien entrada la zona, mientras que el de la Horda, llamado Aldea Sombraluna, se encontraba nada más entrar, lo que hacía que tuviesen extremo cuidado para no toparse con ningún miembro de dicha facción.

Érebo, Namarié y Baldhür ya estaban a punto de llegar al máximo nivel de aprendizaje. Se encontraban realizando las últimas misiones. Además, la reputación con los Arúspices también estaba llegando al máximo nivel y al fin podría visitar la biblioteca y leer todos los libros que se encontraban en ella. El esfuerzo que estaban realizando los tres compañeros había sido enorme y las últimas semanas habían sido muy intensas. Poco tiempo habían dejado para la diversión. Se podría decir que habían alcanzado un grado de madurez. Ahora su manera de ver el mundo era mucho más distinta, el concepto de guerra constante ya no era tan lejana. Los tres habían visitado campos de batalla y habían entrado en mazmorras de una manera más sería dejando en el recuerdo la entrada a Minas de la Muerte como una travesura anecdótica.

Namarié no pensaba a penas en sus ganas de volver al hogar, en dejar la guerra atrás. Ahora estaba convencida que podía hacer mucho más por este mundo y que algún día volvería a ver a sus padre pero que aún debía esperar. No obstante todas las semanas escribía cartas y no tardaba mucho en recibir contestación. Las noticias que le llegaban desde Darnassus no eran demasiado novedosas, aunque sí era cierto que los intentos de incursión de la Horda eran cada vez más frecuentes, pero nada alarmantes. Aún así seguía siendo un lugar tranquilo y la naturaleza seguía siendo la nota constante en el lugar.

El padre de Baldhür seguía con la salud bastante mal pero seguía viviendo en la ciudad de Ventormenta, ciudad cada vez más protegida que seguía esperando la vuelta de su Rey. Namarié y él se reunían a leer en los pocos momentos de descanso que tenían lo que podían de la historia del mundo y compartían muchas de las historias que leían.

Érebo estaba llamado a seguir a Sanatos en el liderazgo de la hermandad. Ambos compartían mucho tiempo juntos y la mayoría de las veces estaban con ellos Ully y Brook. Todo esto siempre y cuando no estuviesen trabajando en misiones o en clases de lo que les corresponda a cada uno.

Ya estaban en las últimas misiones cuando vieron un correo de Sanatos que les llamaba a una reunión urgente. La nota de la carta no era demasiado concreta pero por lo que se veía iba a ser una reunión corta pero el hecho de que no hubiese sido prevista como era lo habitual no hizo más que desconcertarles.

– Érebo, -preguntó Baldhür- ¿sabes algo de ésto?

– No -contestó.

Los tres estaban intrigados pero no dudaron en anticipar su marcha a Shattrath.

Una vez allí fueron al campamento, marcado como punto de reunión. Poco a poco se fueron uniendo todos y cada uno de los miembros de la hermandad y la cara de incredulidad de todos era evidente.

A la hora acordada, independientemente de si faltaba algún miembro más o no, Sanatos comenzó a hablar.

– Buenas tardes hermanos. El motivo de esta reunión es tan desconocido por mí tanto como como por vosotros. No obstante os voy a poner en antecedentes para que tengáis los mismos datos que yo manejo. Este medio día he recibido una notificación por parte de nuestra hermana Mágora comentando que quiere hablarnos. Así que no me queda otra opción que darle paso a que nos cuente qué es lo que nos quiere decir.

Acto seguido la maga se levantó y comenzó a hablar:

– Llevo aquí con vosotros algo más de un año y he vivido grandes momentos con vosotros. Pero hemos decidido que necesitamos seguir otro camino diferente al que estamos haciendo con Alianza de Simbelmynë. Por lo cual hemos decidido dejar la hermandad e irnos a otra dónde la batalla sea más activa a buscar nuevos retos.

– Pero -dijo Érebo- aquí algunos de nosotros ya estamos llegando al máximo nivel, y seguramente en unas semanas podremos luchar todos juntos contra los males de Terrallende.

– Sí, es cierto, pero no sé cuánto tiempo vamos a tener que esperar más. Os tenéis que buscar un equipo que esté al nivel suficiente para no morir al instante y creo que eso no va a pasar en unas semanas, sino dentro de meses o quien sabe, puede que no pase nunca.

El asombro de todos los miembros de la hermandad era evidente. No entendían por qué no podían esperar un poco más de tiempo a que estuviesen todos organizados para luchar juntos.

– ¿Quiénes os váis? -preguntó Sanatos.

– Gunthall, Dragonlanze y yo.

Ante aquellos nombres los rostros de los asistentes cambiaron radicalmente. No por el nombre de ella y de Gunthall, que eran pareja y era evidente que si uno se iba el otro le seguiría, sino por el de Dragonlanze. Era el amigo de Sanatos y jamás se podían imaginar que pudiese desertar de aquélla manera.

Gúnthall añadió:

– Ha sido un placer estar con vosotros. Me he divertido mucho y he compartido mucho con la mayoría de vosotros. Espero que podamos volver a coincidir en nuestros caminos algún día y que si necesitáis cualquier cosa podeis contar conmigo.

Finalmente Dragonlanze dijo:

– Lo mismo digo. Espero no dejar de ser vuestro amigo y que entendáis los motivos de nuestra marcha. El poco tiempo que hemos estado juntos ha sido un auténtico placer y espero seguir sirviendo de ayuda a cualquiera que lo necesite.

Tras estas últimas palabras y explicaciones los tres sacaron sus mochilas y empezaron su marcha ante la cara estupefacta del resto de miembros de la hermandad. Namarié corrió detrás de Dragonlanze y no pudo evitar preguntarle:

– ¿Qué demonios estás haciendo?

– Namarié, Mágora tiene unos amigos en una hermandad que va todos los días a buscar nuevas aventuras y me gustaría vivirlas. No puedo mejorar más mi equipo de lo que puedo mejorarlo aquí y en aquella hermandad me permiten que pueda mejorarlo pero si soy de su clan, no de otro.

– No sé si me he enterado bien. ¿Me estás diciendo que te importa tanto buscar esas cosas nuevas que eres capaz de dejar a uno de tus mejores amigos colgado teniendo en cuenta que nos puedes servir de ayuda a los que estamos a punto de llegar al máximo nivel y empezar las aventuras que tú ya conoces?

– Bueno… sí… en parte es eso, Nama -contestó Dragonlanze medio balbuceando.

Namarié se había dado cuenta que lo que había pasado es que lo que más les importaba a estas tres personas era mejorar su equipo y que el avance de los hermanos con los que habían compartido tantos momentos juntos les daba igual. Así que echó unos pasos para atrás y simplemente dijo:

– Adiós y suerte.

Se dio media vuelta volvió con sus hermanos sin mirar la vuelta atrás y sin querer saber nada más de los tres.

La cara de sus hermanos eran de profunda tristeza. La verdad es que eran los que más conocimientos habían adquirido sobre sus respectivas clases y sobre los males que azotaban Terrallende, iban a ser los guías de los que estaban a punto de empezar las grandes aventuras. Y sin más, habían dejado de ser compañeros para buscar un beneficio individual y no un beneficio para con el resto de la Alianza de Simbelmynë. Todo el mundo estaba en silencio. Había sido un duro golpe y realmente no se entendía qué era lo que pasaba. Así que Sanatos decidió romper el silencio:

– Esto ha sido un duro golpe para todos nosotros, pero no por ello quiero ver que los ánimos decaigan. Somos los que somos y estamos los que estamos y nadie es imprescindible, todos pueden ser reemplazados. Quiero que a partir de mañana todos sigan con la misma filosofía que hemos seguido siempre, así que tenemos y debemos seguir adelante, con o sin ellos. Aquí no eran los únicos que tenían altos conocimientos ya que contamos con más gente como Tularis, Sarkath, Brayham, Brook, Ully o conmigo mismo. Descansad por hoy y mañana tendremos un nuevo día. Se termina la reunión. Cualquier cosa que queráis comentarme ya sabeis donde encontrarme.

Todo el mundo se fue disgregando a sus respectivos menesteres o a las cantinas. Namarié, Baldhür, Sarkath, Tularis y Érebo fueron a tomar algo a la cantina. Allí conversaron sobre lo ocurrido hasta altas horas de la madrugada. La verdad es que estaban todos bastante tristes pero no querían dejar que tanto su ánimo como el del resto de la hermandad decayera ya que eso sí que podía ser un duro golpe para la hermandad. La conclusión unánime a la que habían llegado era que el progreso y logro personal era mucho más importante para esas tres personas que el logro común del resto de la hermandad. «Se habían cansado de esperar a que todo el mundo pudiera llegar al nivel y equipo requerido para progresar con el resto». Ese fue el pensamiento que tuvieron todos.

Con el paso del tiempo, llegó a sus oídos que Dragonlanze fue un pequeño arrastre, engañado por los otros dos magos para ir a otro lugar donde siempre estaba el cupo de miembros cubierto con la otra hermandad para realizar incursiones en mazmorras y grandes estancias y que rara vez contaban con el, con lo que acabó viviendo las cosas por su cuenta sin contar con nadie más, hasta que un día desapareció.

El día siguiente llegó y todos los miembros empezaron de nuevo sus misiones y quehaceres diarios, intentando llevar el duro golpe como pudieron, pero que con el paso del tiempo acabaron olvidando, pero sí fue verdad que ésta no fue la última vez que iban a ver un acontecimiento si no igual, muy parecido al que habían vivido la tarde anterior.

Deja tu comentario