Capítulo 27: Una nueva guerra

– ¡Las órdenes están claras! ¡No hay mucho más que discutir!

La reunión se había caldeado más de lo habitual. Había que dividirse y los miembros no estaban de acuerdo con estas instrucciones. Una parte tenía que ir a luchar contra el nuevo mal. Y la otra tenía que viajar y hacerse al mar para luchar contra la Horda que se estaba acercando mucho a la frontera y el Puerto de Ventormenta.

Muchos estaban consternados por los acontecimientos. La vuelta de Alamuerte había supuesto una desgracia en muchos sentidos y estaban hartos de las continuas invasiones de la Horda. Unos habían perdido su hogar y otros a algún familiar. Se sentía el dolor, el miedo, el odio.

La hermandad Luz se había reunido en la Finca de Wollerton, uno de los pocos lugares que habían quedado intactos tras el ataque del dragón negro y donde siempre habían encontrado silla y fuego donde hablar entre todos, y el viejo granjero era un gran amigo de la familia de Luz.

Habían llegado órdenes directas del Rey Varian Wryyn, que todas las hermandades tenían que reunir sus miembros. Azeroth había quedado herida por la locura de Alamuerte y no podía quedar libre por haber causado tanto daño. Además, tras de sí tenía un historial de destrucción que hacía temer que en cualquier momento acabara con todo. Siempre había sido su ambición. Y por otro lado había que luchar contra la Horda. No se podía dejar que entraran una vez más.

El Rey pedía no solamente guerreros, sino también sanadores, asistentes para los heridos y miembros de la Alianza que pudieran ayudar en lo que fuera, bien por sus habilidades mágicas, bien por sus habilidades profesionales.

Muchos de los miembros de la hermandad ya se habían retirado, entre ellos Érebo y Namarié. No querían luchar más. Pero estaba claro que estaban siendo llamados a filas. La cuestión era cómo actuar.

– Una mitad de la hermandad tendrá que ir a luchar contra la Horda. Es imprescindible que hagamos cumplir esta orden o de lo contrario habrá consecuencias. El Reclutador Burns estará esperando desde primera hora del amanecer para inscribir a los combatientes que embarcarán.

– Y entonces el resto, ¿cómo llegaremos a Alamuerte? – dijo uno de los miembros.

– Aún no sabemos – respondió Érebo –. Lo que está claro es que nos ha enviado un ejército por delante de él que tenemos que derrotar. Primero tendremos que ir a zonas estratégicas de Azeroth: Monte Hyjal, Infralar, Uldum o Tierras Altas Crepusculares son primordiales. Allí debemos abatir los enemigos que nos vayamos encontrando. Ya tenemos algunos aliados por las zonas inspeccionando y os mandarán hacer misiones. Iremos a vencer a los secuaces de Alamuerte a sus mazmorras, grandes y pequeñas. Hasta que demos con él. ¡Hasta que encontremos a Alamuerte y venguemos la muerte de nuestros seres queridos y paliemos el dolor tan grande que ha causado a nuestra gente! ¡Por Azeroth! ¡Por la Alianza!

Un grito de júbilo llenó la Finca y los alrededores. La noche había llegado a Ventormenta y las hogueras se habían encendido. Todo el mundo debía prepararse.

 

A la mañana siguiente había un silencio que únicamente se rompía por algún llanto, hasta que llegó el amanecer. Pronto empezaron a oírse los primeros pasos de monturas que salían de la ciudad. Una vez más, Ventormenta casi completa se embarcaba hacia la batalla, quedando en la ciudad los niños, heridos y ancianos, además de los voluntarios que se habían ofrecido ayudarles.

Namarié se despidió de Érebo. Éste había decidido ser uno de los voluntarios sanadores que se iban a quedar en la ciudad para ayudar a los heridos.

Ella se encaminaba hacia la batalla.

El ejército y la hermandad se había dividido para empezar la batalla. Unos se encaminaban hacia el Monte Hyjal y otros se dirigían al Puerto de Ventormenta para luchar contra la Horda que estaba buscando de nuevo la guerra en el Mare Magnum. Aunque Namarié quería ir a Monte Hyjal por su afinidad familiar y por conocimiento del territorio, finalmente fue a luchar contra la Horda, ya que la hermana de Érebo había mirado en las Aguas de la Clarividencia y había visto algo.

En el Puerto de Ventormenta le esperaba Ïreth, la hermana de Érebo.

El Reclutador Burns se encontraba allí para alistar a los combatientes y para dar las últimas instrucciones.

Los barcos estaban repletos de gente. Todos dispuestos a dar su vida por la Alianza.

Ïreth y Namarié se embarcaron y empezaron el viaje hablando un poco de todo, de la reunión, de la hermandad, de los amigos y familiares caídos en otras batallas. Pero también rieron y bebieron durante rato. No es que fuera a ser muy largo el viaje, pero sí había que reír antes de ir a la batalla. ¿Cuándo volverían a reír una vez más? ¿Con la victoria? Pero nunca se sabía ni si iba a llegar la victoria, o si esta llegaría finalmente. La buena voluntad de vencer al mal estaba en los corazones de todo combatiente, guerrero o hechicero, pero aunque nunca había que mostrar o sentir miedo, muy dentro de cada uno, tras vivir tantas batallas y haber perdido tanto en algunas ocasiones, siempre había algo de ese miedo y esa tristeza que la guerra traía.

Finalmente llegaron a un punto donde se empezaban a ver las naves de la Horda. La batalla empezaba. Los cañones de unos y otros reventaban y los combatientes estaban dispuestos a abordar el barco contrario para vencer. Pero de repente… todo salió por los aires. Namarié intentó abrir los ojos pero fue imposible.

– ¡Ïreeeeeeeth! – Gritó.

Pero no creía que pudiera oírle. A final, sintió el agua en su cuerpo. ¿Se había hundido el barco? No podía saberlo, no podía abrir los ojos.

Hasta que finalmente notó cómo se hundía y ella con el barco. Lanzó su hechizo para poder respirar bajo el agua e intentó concentrarse para encontrar a ïreth. “Donde estás…”. No podía perderla. No podían separarse.

De repente sintió su alma. “Ahí, creo que estás ahí…”. Así que le lanzó el hechizo de respiración bajo el agua y se aseguró de que viviera. Más tarde seguro que se encontrarían.

Cuando por fin pudo abrir los ojos, intentó buscarla. Y ahí se encontraba, una burbuja resplandeciente digna de una paladina consagrada. Cuando se vieron se dieron un gran abrazo e Ïreth le señaló que la siguiera. Había encontrado algo, de eso estaba segura. Nadaron hasta que llegaron a uno de los barcos hundidos. Parece ser que había más supervivientes del hundimiento. Dentro del barco había una zona que por el aire no se había inundado. Salieron y allí se encontraban, bajo el mar sin saber a dónde ir o si irían a rescatarles. Al fin y al cabo no se encontraban demasiado lejos de la costa de los Reinos del Este y de Ventormenta, posiblemente vieran desde lejos la batalla y pronto irían a buscarles.

De repente, un Draenei apareció por el hueco por donde había entrado.

– ¡He visto algo! ¡Creo que sé por dónde estamos! – dijo.

– ¿Qué? ¿Quién eres? ¿Sabes dónde estamos? – preguntó Ïreth

– Sí – contestó. – Soy Erunak, el último pasajero que queda de este antaño orgulloso navío. Estamos en Vashj’ir, y creedme, lo que he visto ahí fuera no es nada amistoso ni nada bueno. Busca una nueva guerra y es un enemigo conocido. Son… ¡Nagas!

– ¿Cómo? ¿Cómo es posible? – contestó Namarié.

– Sí… eso mismo pensé al verlo. Y tenemos que hacer algo. Saben que hemos caído al mar y nos están esperando. Primero deberemos rescatar a los soldados que hay ahí abajo y después, luchar.

– Azeroth es un lugar muy impredecible muchas veces. Vas a luchar contra la Horda y de repente, te encuentras a un ejército Naga esperándote – dijo alguien por detrás de las chicas.

Pero sabiendo qué tipo de magia dominan, Namarié se vio obligada a pensar que quizá no había tanta casualidad, ya que puede que ellos hubieran provocado la nueva lucha entre la Horda y la Alianza para atraer a parte del ejército, y que la lucha contra los aliados de Alamuerte se viera diezmada con solamente… la otra mitad. Pero ya no había marcha atrás, había que luchar contra el ejército Naga. Las posibilidades de victoria en la lucha final contra el gran nuevo mal, parecía que se habían empezado a hacer más pequeñas.

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