All Posts By

Namarie

Capítulo II: Buscando un hogar

Darnassus es la capital de los Elfos de la Noche. Esta gobernada por Tyrande Susurravientos, Suma Sacerdotisa de Elune, y su esposo Malfurion Tempestira. Allí, es donde se encuentra el Templo de Elune, divinidad de los elfos.

Jandria, una de las instructoras de sacerdotes que se encontraba delante de Elisa cuando murió, decidió llevarse a la pequeña ante la Suma Sacerdotisa, para que le ayudase a tomar decisión sobre qué hacer. Una vez estuvo delante, Tyrande examinó a la niña.

Capítulo I: Vida y Muerte

La historia comienza en una fresca noche de otoño, durante un ataque de la Horda a Ventormenta. Se estaba haciendo con el control de Azeroth, provocando el caos entre los miembros de la Alianza.

Elisa estaba a punto de dar a luz a su bebé, y no sabía en qué condiciones iba a poder hacerlo. Se había refugiado en la ciudad de Ventormenta, pensando que allí estaría segura, pero realmente no era así.

La Catedral era un improvisado hospital, donde faltaban manos para ayudar a los heridos, mayoritariamente soldados. Los que no podían salvarse, eran trasladados a las catacumbas de dicha Catedral, para ser enterrados allí mismo. Otros, los que pasaban sus últimas horas rodeados de familiares, eran sacados de allí por sus propias manos, con consternación, y los daban sepultura en los cementerios, tanto de la propia ciudad, como de las afueras.

 

Poco a poco iba amaneciendo, despacio, quizás parecía demasiado lento, y Elisa iba sacando a su bebé tan esperado. Mientras lo hacía, pensaba en que nunca conocería a su padre, que murió en la batalla, y que no sabía que le depararía el destino, si llegaría ella misma a sobrevivir o no.

Finalmente, con las primeras luces del día, y sin ni siquiera poder ver el sol debido a la cantidad de humo que había, por la devastación que se estaba produciendo, nació. Era una niña, tan pequeña y tan frágil, que nadie pensó que llegaría a sobrevivir.

Pasó el día, mientras Elisa descansaba junto a su pequeña, cuando se dio la alarma: la Horda estaba atacando Ventormenta. En esos momentos, el caos era inevitable, los médicos y enfermeras intentaron sacar de allí a todo aquel que pudieron e intentaron meterles en barcos desde el propio puerto de Ventormenta.

Elisa se puso en pie lo más rapido y mejor que pudo, ya que el parto estaba muy reciente, y cogió a su pequeña para poder encontrar un sitio dentro de alguno de los barcos que estaban a punto de zarpar. Y justo en el último momento, cuando el caos era más fuerte, cuando ya se sabía que la ciudad estaba empezando a estar repleta de Orcos que no hacían más que matar a cualquiera que se cruzase en su camino, sin importar si eran niños, soldados, mercaderes o mujeres, fue cuando una mano desde el interior del barco cogió a la niña y la metió su interior, y acto seguido, la metió a ella también. Y en ese preciso instante, el barco zarpó.

Estaban salvadas. Por fin saldrían de aquél infierno, dejando el hogar atrás, y miles de recuerdos, que en cualquier momento serían destruidos sin piedad.

Durante cinco días siguieron navegando, con pocos víveres, aunque al menos, agua no faltaba. Durante esos cinco días, Elisa ni siquiera reparó en que no había comido a penas, aunque sí había podido alimentar a su pequeña. Se encontraba muy débil, y la tripulación del barco, mayoritariamente elfos de la noche, intentaron darle de comer. Pero el estómago de Elisa estaba tan cerrado, que ningún alimento era ya bienvenido en su organismo, estaba en estado de desnutrición. Los elfos le decían que si no comía, su pequeña podía llegar a morir, ya que la leche con la que la alimentaba perdería propiedades. Pero no había manera, ya que pese a que ella intentaba comer, era vomitado.

Finalmente llegaron a la villa de Rut’theran, donde fueron recibidos por los sanadores de Darnassus.

Pero Elisa estaba ya tan débil, que ni siquiera pudo salir del barco por su propio pie. La sacaron entre varios, junto con la niña, y la tumbaron en el suelo, en una manta junto a la hierba fresca. La examinaron cuidadosamente, pero vieron que poco se podía hacer con ella. Y así se lo comunicaron, haciéndole saber que le quedaba poco de vida.

Cuidadosamente, la trasladaron a una acogedora cama, y junto a ella, pusieron a su hija, para que pudieran pasar madre e hija los últimos momentos juntas.

Los elfos le preguntaron:

– Como se llama esta preciosidad de niña?

A lo que ella les contestó:

– No tiene nombre aún, y puesto que no voy a poder cuidar de ella, me gustaría que la gente que la cuidase, supiese asignarle un nombre. Pero sí me gustaría que supiese de donde viene, quienes fuimos sus padres, y dónde puede encontrar sus raíces. Su padre, Harold, es un hombre valeroso, fue un maestro alquimista de gran prestigio en la ciudad de Ventormenta. Cuando empezó la guerra contra la Horda, fue él el que dijo que quería defender el estandarte que tanto ha hecho por él, a su amada Alianza. Era un hombre fuerte y en su juventud fue soldado, pero también fue muy inteligente en cuanto al arte de los elixires, las pociones, los frascos y las transmutaciones de elementos y metales, y al tiempo de conocernos, decidió quedarse siempre conmigo, y así formó su propio laboratorio de alquimia, y nos casamos en breve. Yo, Elisa, soy florista, me gusta salir por el Bosque de Elwyn a buscar flores, pero me han dicho que por tierras lejanas hay plantas que ni siquiera he llegado a conocer. Soy una persona amable, cariñosa, que nunca ha buscado mal ninguno en nadie. Cuando nos casamos Harold y yo, nuestra obsesión fue tener un bebé, y en cuanto se decidió, me quedé embarazada. Pero la guerra volvió y Harold se fue, nunca pensamos que no volvería, y que moriría en la batalla. Así como nunca pensé que yo moriría en tierras tan maravillosas como estas. Espero que cuiden bien de ella, de mi preciosa niña, y que Elune ilumine su camino…

Esas fueron sus últimas palabras. Elisa, no volvió a respirar más.

Los elfos, con lágrimas en los ojos, le quitaron a su hija de su regazo, y ésta empezó a llorar. Taparon a Elisa mientras se llevaban a la niña.

Cuando la niña estaba fuera de la casa, levantaron a Elisa y fueron a darle sepultura.

La niña, aún sin nombre, fue llevada a la ciudad de Darnassus.

Dicen que no paró de llorar, y justo cuando la madre fue enterrada y orada, y recibida por la Diosa Elune, fue cuando su llanto se apagó.